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El país
goza de estabilidad política y el desarrollo de las
segundas elecciones democráticas permite considerar
que la fase de mayor tensión en la democratización del
país ha pasado. No se han producido episodios violentos
y los escasos incidentes habidos no pasan de ser episodios
de alcohólicos e iluminados. El país entra en una etapa
de consolidación del éxito de una transición asombrosamente
pacífica. La amplísima mayoría del ANC en las elecciones,
con mayores porcentajes que los obtenidos con Mandela
al frente, y su pacto de gobierno con Inkatha Freedom Party (IFP) garantizan totalmente la
acción de gobierno estable. COSATU (Congress of South African Trade Unions) ha renovado
su alianza con el ANC y las tradicionalmente hostiles
relaciones entre el IFP y el ANC en la región de Kwazulu
Natal pasan por momentos más tranquilos, después de
confirmarse, otra vez la predominancia del IFP en la
región.
La consolidación
del DP como primera fuerza de la oposición y la aparición
del United Democratic Movement (UDM) permiten albergar
esperanzas de que se produzca una oposición eficaz ante
el gobierno.
En un
futuro no se puede descartar, y la mayoría de los analistas
políticos lo consideran inevitable, que se produzcan
divisiones en el seno del ANC, organización que, tras
los objetivos generales de la lucha contra el apartheid,
asoció a personas de los más diversos idearios políticos
y sociales. El segundo período del gobierno puede retardar
esa división, en la medida en que el mantenimiento del
puesto o del poder sean prioritarios, pero también puede
alimentarla, en la medida en que damnificados o caídos
en desgracia en el reparto de cargos o funciones, rompan
la baraja. Hasta que no se produzca eso es difícil no
imaginar una Sudáfrica no gobernada por el ANC.
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